hasta el cielo amigo
Hoy miro las fotos y vuelvo a entender, que hay personas que nunca se llegan a perder. Aunque ya no estés aquí para hablar, sigues en mi vida, en cada despertar. Éramos dos locos corriendo sin pensar, con sueños imposibles queriendo conquistar. Las calles de siempre guardaron nuestra voz, las noches infinitas, las risas de los dos. Tantas madrugadas hablando del amor, de heridas, de caídas, del miedo y el valor. Y aunque el tiempo pase y cambie la ciudad, tu nombre sigue intacto dentro de mi verdad. A veces duele tanto no poderte llamar, contarte lo que vivo, escucharte contestar. Pero cuando el viento empieza a soplar, siento que me dices: “todo va a mejorar”. Amigo, sé que estás allá en el cielo, brillando entre las nubes, libre como el viento. Y aunque ya no pueda verte sonreír, sigues caminando siempre dentro de mí. Porque los que amamos nunca se van, viven en el alma y en la eternidad. Y aunque hoy mis ojos vuelvan a llorar, sé que algún día nos vamos a encontrar. La vida fue injusta y no supo esperar, se llevó demasiado antes de tiempo quizás. Quedaron abrazos que no pude dar, palabras atrapadas que quería gritar. Tu silla está vacía en aquel viejo lugar, pero tu recuerdo nadie lo podrá borrar. Cada consejo tuyo me acompaña al andar, como una luz eterna que no deja de alumbrar. A veces escucho tu risa en el bar, en canciones antiguas que solíamos cantar. Y vuelvo a imaginar que todo sigue igual, que entrarás por la puerta diciendo “¿qué tal?”. Hay días buenos, otros duelen más, porque aceptar tu ausencia no fue fácil jamás. Pero aprendí que amar también es recordar, y que mientras te nombre, nunca morirás. Y si la tristeza me vuelve a vencer, miro hacia las estrellas para volverte a ver. Porque en alguna parte me estás cuidando tú, como lo hacías siempre con tu gran virtud. Amigo, sé que estás allá en el cielo, brillando entre las nubes, libre como el viento. Y aunque ya no pueda verte sonreír, sigues caminando siempre dentro de mí. Porque los que amamos nunca se van, viven en el alma y en la eternidad. Y aunque hoy mis ojos vuelvan a llorar, sé que algún día nos vamos a encontrar. No existe despedida para una amistad real, el corazón no entiende de distancia celestial. Y aunque hoy me falte tu abrazo al caminar, en cada paso siento que me vuelves a guiar. Si puedes escucharme desde donde estés, quiero darte gracias por tanto que me diste. Por las veces que caí y me ayudaste a seguir, por enseñarme hermano lo que es vivir. Le hablo de ti al cielo cuando no puedo más, preguntándole a Dios por qué te tuvo que llevar. Pero entonces recuerdo tu forma de mirar, siempre tan valiente, enseñándome a luchar. Y sé que no quisieras verme destruir, ni perder la sonrisa ni dejar de vivir. Por eso aunque me duela aprenderé a continuar, guardando tu memoria como un himno inmortal. Amigo, allá en el cielo sé que estás, cuidando de nosotros con tu inmensa paz. Aunque el tiempo pase y cambie todo aquí, tu recuerdo sigue latiendo dentro de mí. Porque hay amistades que son eternidad, más fuertes que la muerte y que la oscuridad. Y cuando llegue el día de mi último cantar, sé que en alguna nube me vas a esperar. Hoy levanto la vista y te vuelvo a sentir, como una estrella eterna imposible de apagar. No fue un adiós… solo aprendiste primero a volar.
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Hoy miro las fotos y vuelvo a entender, que hay personas que nunca se llegan a perder. Aunque ya no estés aquí para hablar, sigues en mi vida, en cada despertar. Éramos dos locos corriendo sin pensar, con sueños imposibles queriendo conquistar. Las calles de siempre guardaron nuestra voz, las noches infinitas, las risas de los dos. Tantas madrugadas hablando del amor, de heridas, de caídas, del miedo y el valor. Y aunque el tiempo pase y cambie la ciudad, tu nombre sigue intacto dentro de mi verdad. A veces duele tanto no poderte llamar, contarte lo que vivo, escucharte contestar. Pero cuando el viento empieza a soplar, siento que me dices: “todo va a mejorar”. Amigo, sé que estás allá en el cielo, brillando entre las nubes, libre como el viento. Y aunque ya no pueda verte sonreír, sigues caminando siempre dentro de mí. Porque los que amamos nunca se van, viven en el alma y en la eternidad. Y aunque hoy mis ojos vuelvan a llorar, sé que algún día nos vamos a encontrar. La vida fue injusta y no supo esperar, se llevó demasiado antes de tiempo quizás. Quedaron abrazos que no pude dar, palabras atrapadas que quería gritar. Tu silla está vacía en aquel viejo lugar, pero tu recuerdo nadie lo podrá borrar. Cada consejo tuyo me acompaña al andar, como una luz eterna que no deja de alumbrar. A veces escucho tu risa en el bar, en canciones antiguas que solíamos cantar. Y vuelvo a imaginar que todo sigue igual, que entrarás por la puerta diciendo “¿qué tal?”. Hay días buenos, otros duelen más, porque aceptar tu ausencia no fue fácil jamás. Pero aprendí que amar también es recordar, y que mientras te nombre, nunca morirás. Y si la tristeza me vuelve a vencer, miro hacia las estrellas para volverte a ver. Porque en alguna parte me estás cuidando tú, como lo hacías siempre con tu gran virtud. Amigo, sé que estás allá en el cielo, brillando entre las nubes, libre como el viento. Y aunque ya no pueda verte sonreír, sigues caminando siempre dentro de mí. Porque los que amamos nunca se van, viven en el alma y en la eternidad. Y aunque hoy mis ojos vuelvan a llorar, sé que algún día nos vamos a encontrar. No existe despedida para una amistad real, el corazón no entiende de distancia celestial. Y aunque hoy me falte tu abrazo al caminar, en cada paso siento que me vuelves a guiar. Si puedes escucharme desde donde estés, quiero darte gracias por tanto que me diste. Por las veces que caí y me ayudaste a seguir, por enseñarme hermano lo que es vivir. Le hablo de ti al cielo cuando no puedo más, preguntándole a Dios por qué te tuvo que llevar. Pero entonces recuerdo tu forma de mirar, siempre tan valiente, enseñándome a luchar. Y sé que no quisieras verme destruir, ni perder la sonrisa ni dejar de vivir. Por eso aunque me duela aprenderé a continuar, guardando tu memoria como un himno inmortal. Amigo, allá en el cielo sé que estás, cuidando de nosotros con tu inmensa paz. Aunque el tiempo pase y cambie todo aquí, tu recuerdo sigue latiendo dentro de mí. Porque hay amistades que son eternidad, más fuertes que la muerte y que la oscuridad. Y cuando llegue el día de mi último cantar, sé que en alguna nube me vas a esperar. Hoy levanto la vista y te vuelvo a sentir, como una estrella eterna imposible de apagar. No fue un adiós… solo aprendiste primero a volar.
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