Viejo,
Viejo, no sé si me escuchas desde donde estás, pero esta carta es pa' ti, pa' que el silencio no me mate. Papá, ¿te acuerdas cuando me enseñaste a no doblarme? A mirar de frente aunque el mundo quiera quebrarme. Ahora que no estás, me toca ser el hombre, pero a veces me derrumbo, y no sé cómo nombrarte. Tu voz era machete, tu mirada era escudo, me enseñaste que el respeto no se compra con orgullo. Ahora camino solo, con tu sombra en mi espalda, y cada paso que doy, siento que el alma me falta. ¿Dónde estabas cuando lloré por primera vez sin consuelo? Cuando el barrio me tragaba y el cielo se volvió suelo. Quise llamarte, gritarte, romper el universo, pero la muerte no responde, ni devuelve los versos. Me dejaste con preguntas que nadie sabe contestar, con historias incompletas y un vacío pa' llenar. Dicen que el tiempo cura, pero eso es puro cuento, el reloj no sana heridas, solo las esconde lento. A veces te veo en mis sueños, y discutimos de política, como antes, con ron barato y la rabia poética. Me hablas de la patria, de la lucha, del honor, y yo te cuento del hambre, del exilio, del dolor. Viejo, si supieras lo que he escrito con tu tinta, lo que he llorado en canciones que la gente no pinta. Tu legado vive en mí, aunque no tenga tu apellido, porque el alma no se hereda, se construye en el camino. Esta carta no tiene sello, ni dirección precisa, pero va directo al cielo, con mi voz como premisa. Te amo, viejo, aunque no estés en carne y hueso, porque tu espíritu me guía, aunque el mundo esté travieso. Descansa en paz, pero quédate despierto en mi verso.
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Viejo, no sé si me escuchas desde donde estás, pero esta carta es pa' ti, pa' que el silencio no me mate. Papá, ¿te acuerdas cuando me enseñaste a no doblarme? A mirar de frente aunque el mundo quiera quebrarme. Ahora que no estás, me toca ser el hombre, pero a veces me derrumbo, y no sé cómo nombrarte. Tu voz era machete, tu mirada era escudo, me enseñaste que el respeto no se compra con orgullo. Ahora camino solo, con tu sombra en mi espalda, y cada paso que doy, siento que el alma me falta. ¿Dónde estabas cuando lloré por primera vez sin consuelo? Cuando el barrio me tragaba y el cielo se volvió suelo. Quise llamarte, gritarte, romper el universo, pero la muerte no responde, ni devuelve los versos. Me dejaste con preguntas que nadie sabe contestar, con historias incompletas y un vacío pa' llenar. Dicen que el tiempo cura, pero eso es puro cuento, el reloj no sana heridas, solo las esconde lento. A veces te veo en mis sueños, y discutimos de política, como antes, con ron barato y la rabia poética. Me hablas de la patria, de la lucha, del honor, y yo te cuento del hambre, del exilio, del dolor. Viejo, si supieras lo que he escrito con tu tinta, lo que he llorado en canciones que la gente no pinta. Tu legado vive en mí, aunque no tenga tu apellido, porque el alma no se hereda, se construye en el camino. Esta carta no tiene sello, ni dirección precisa, pero va directo al cielo, con mi voz como premisa. Te amo, viejo, aunque no estés en carne y hueso, porque tu espíritu me guía, aunque el mundo esté travieso. Descansa en paz, pero quédate despierto en mi verso.