Como el cristo
Dicen que uno elige el infierno que le quema. Y yo, por tonto o por poeta, te elegí a ti. (Verso 1) Hoy desperté con tu sombra en la almohada, con los labios resecos de no besarte, con la culpa de no haberte llamado y el orgullo vencido por desearte. Las paredes me miran de reojo, como jueces cansados del delito, y mi cama aún guarda tu despojo, como si el olvido fuera un mito. (Verso 2) Todo en mí repite tu apellido, mi café, mi rutina, el cigarrillo. Y en la esquina del alma, un ladrido: es mi corazón buscando auxilio. El reloj no perdona ni un segundo, y el mundo sigue sin importarle, pero yo me he quedado tan inmundo que ni el cielo se atreve a mirarme. (Estribillo) Y a mí me mata como el Cristo, entre gritos, clavos y delirios, por amarte sin ser tu elegido, por querer más de lo permitido. Y a mí me mata como el Cristo, por no renegar de mi martirio, por seguirte sin ningún sentido, por adorarte como a un mito. (Verso 3) Te inventé una patria en mis costillas, levanté catedrales con tus gestos, y al final sólo me diste astillas de un amor que vendías por descuentos. Te esperé como esperan los que tiemblan, como un reo esperando su sentencia, te recé con la fe de quien no encuentra ni a Dios, ni a sí mismo en su conciencia. (Puente) Y aunque me duela admitirlo, fui feliz mientras mentías, porque al menos en tu infierno me creí parte de tu vida. Ahora soy un Judas sin traición, un mártir sin resurrección, y me pregunto si en tu edén alguien sufre como yo también. (Estribillo – variación) Y a mí me mata como el Cristo, con tu amor clavado en el abismo, sin derecho a juicio ni a milagros, sin cenizas, ni entierro, ni abrigo. Y a mí me mata como el Cristo, por amor, no por delito, por cargar la cruz de tus caprichos, por morir mil veces... sin testigos. (Verso 4 – final largo) Ahora ando como un santo en penitencia, hablando solo, perdiendo la paciencia, escribiendo cartas sin respuesta, y pidiendo tregua a tu presencia. Y si un día me ves por ahí, con la mirada ida, sin destino, no te acerques, déjame morir, ya bastante con ser mi propio enemigo. (Estribillo final – lento y desgarrado) Porque a mí me mata como el Cristo, no por amor, sino por vicio, porque fui tu fe sin sacrificio, y tú mi cruz, mi Dios... y mi precipicio.
You may also like

Leave a comment
Dicen que uno elige el infierno que le quema. Y yo, por tonto o por poeta, te elegí a ti. (Verso 1) Hoy desperté con tu sombra en la almohada, con los labios resecos de no besarte, con la culpa de no haberte llamado y el orgullo vencido por desearte. Las paredes me miran de reojo, como jueces cansados del delito, y mi cama aún guarda tu despojo, como si el olvido fuera un mito. (Verso 2) Todo en mí repite tu apellido, mi café, mi rutina, el cigarrillo. Y en la esquina del alma, un ladrido: es mi corazón buscando auxilio. El reloj no perdona ni un segundo, y el mundo sigue sin importarle, pero yo me he quedado tan inmundo que ni el cielo se atreve a mirarme. (Estribillo) Y a mí me mata como el Cristo, entre gritos, clavos y delirios, por amarte sin ser tu elegido, por querer más de lo permitido. Y a mí me mata como el Cristo, por no renegar de mi martirio, por seguirte sin ningún sentido, por adorarte como a un mito. (Verso 3) Te inventé una patria en mis costillas, levanté catedrales con tus gestos, y al final sólo me diste astillas de un amor que vendías por descuentos. Te esperé como esperan los que tiemblan, como un reo esperando su sentencia, te recé con la fe de quien no encuentra ni a Dios, ni a sí mismo en su conciencia. (Puente) Y aunque me duela admitirlo, fui feliz mientras mentías, porque al menos en tu infierno me creí parte de tu vida. Ahora soy un Judas sin traición, un mártir sin resurrección, y me pregunto si en tu edén alguien sufre como yo también. (Estribillo – variación) Y a mí me mata como el Cristo, con tu amor clavado en el abismo, sin derecho a juicio ni a milagros, sin cenizas, ni entierro, ni abrigo. Y a mí me mata como el Cristo, por amor, no por delito, por cargar la cruz de tus caprichos, por morir mil veces... sin testigos. (Verso 4 – final largo) Ahora ando como un santo en penitencia, hablando solo, perdiendo la paciencia, escribiendo cartas sin respuesta, y pidiendo tregua a tu presencia. Y si un día me ves por ahí, con la mirada ida, sin destino, no te acerques, déjame morir, ya bastante con ser mi propio enemigo. (Estribillo final – lento y desgarrado) Porque a mí me mata como el Cristo, no por amor, sino por vicio, porque fui tu fe sin sacrificio, y tú mi cruz, mi Dios... y mi precipicio.